Colin Chapman, capítulo 4: un hombre carismático

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A diferencia de algunos de los actuales propietarios de los equipos, Chapman exigió estar al tanto de todo lo que sucedía en el Team Lotus, y participó en todas las discusiones, negociaciones y decisiones.

Una de sus grandes cualidades era su capacidad de motivar a las personas para lograr lo que ni siquiera pensaban que podían hacer. Si le decían a Chapman que algo "es imposible", él siempre respondía "¿Por qué?". Y, si le decías que algo era "suficientemente bueno", para él no era suficiente. Esa característica tuvo el efecto positivo de imponer un nivel alto de calidad en Lotus.

Por supuesto, no siempre fue fácil trabajar con Chapman. Fue complicado para él aceptar que no todos podían trabajar al mismo ritmo que él. Cuando empezó a tener canas, fue apodado 'Tornado Blanco' por cómo llegaba a las oficinas o al taller. Sin embargo, quienes coincidieron con él aseguran que era un hombre bueno, y que el ambiente era más animado que tenso en Lotus.

A pesar de sus grandes habilidades (incluida una memoria excepcional gracias a la cual podía recitar un texto palabra por palabra después de haberlo leído), Chapman no era arrogante. Si no era experto en algo, no dudaba en ir a la biblioteca o al centro de investigación, hasta que encontrara la respuesta que le faltara.

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Un brainstorming permanente

A pesar de su sabiduría, hubo algún momento en el que en Lotus no confiaron 100% en lo que decía. Mal, como explica su mano derecha y sucesor, Peter Warr.

“Lo más molesto es que se le ocurría una idea completamente loca y nos decíamos a nosotros mismos 'está delirando, vamos a hablar con él'. Pero nueve de cada diez veces nos dábamos cuenta de que tenía razón. Si pudieras trabajar con él y sobrevivir el tiempo suficiente, te darías cuenta de que era increíblemente inteligente".

"Venía a la oficina de diseño, miraba por encima del hombro del diseñador y decía: 'Todo el concepto de lo que estoy buscando es eso', pero al rato podía volver y decir '¡No, no, eso no es lo que quiero!'. Luego agarraba un lápiz y dibujaba un boceto en la pizarra del diseñador. Y si no hacía exactamente lo que él tenía en mente, insistía una y otra vez hasta que lo consiguiera".

"Si la idea era de otro, él lo escuchaba. Pero luego se iba y, cuando volvía, decía: '¿Por qué no vamos más allá, por qué no lo hacemos así?' Y de repente, nos dábamos cuenta de que tenía razón".

Son ese tipo de situaciones las que hicieron que Chapman se ganara la confianza inquebrantable de todos y forjara un mito que el mundo de la Fórmula 1 aún no ha olvidado.

"Si hubiera llegado al taller diciendo 'Está bien, chicos, hoy quiero que me sigan y salten desde un acantilado', la mayoría de los empleados lo habrían hecho", explica Warr. "No porque fueran estúpidos y lo siguieran ciegamente, sino porque estaban convencidos de que una vez más, él sabía algo que ellos no sabían. Por eso siempre confiamos en sus soluciones".

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