El avance de BYD en Europa ya no es una promesa, sino una realidad palpable en cifras de ventas, expansión comercial y presencia mediática. En apenas unos años, la compañía china ha pasado de ser una marca emergente a convertirse en uno de los actores más observados del mercado de coches eléctricos e híbridos enchufables en el continente.
Su crecimiento ha despertado el interés y la preocupación de fabricantes tradicionales europeos y estadounidenses, que han comenzado a analizar en profundidad qué hay detrás del éxito de la firma asiática. El resultado: una combinación de integración industrial, control de costes y rapidez en el desarrollo de producto que está marcando diferencias.
Uno de los factores clave del ascenso de BYD es su capacidad para producir internamente las baterías que montan sus vehículos, especialmente las de tecnología LFP (litio-ferrofosfato). Esta integración vertical reduce la dependencia de proveedores externos y permite ajustar márgenes, algo que impacta directamente en el precio final del vehículo.
Jim Farley, CEO de Ford, reconoció públicamente que la compañía estadounidense había desmontado vehículos de BYD para estudiarlos a fondo. Según explicó, el fabricante chino logra ofrecer precios competitivos en parte porque “no está pagando márgenes” a terceros en el suministro de baterías. Tener el control de uno de los componentes más costosos de un coche eléctrico supone una ventaja estratégica difícil de igualar.
Este enfoque industrial permite a BYD competir en precio sin renunciar a autonomías razonables ni a un equipamiento tecnológico amplio, un equilibrio que resulta especialmente atractivo para el consumidor europeo.
Además del control sobre las baterías, la eficiencia en los procesos de fabricación y en la cadena de suministro es otro de los pilares del modelo BYD. China apostó por la electrificación antes que Europa y consolidó un ecosistema industrial capaz de producir a gran escala con rapidez.
Farley también señaló que, aunque algunos modelos de BYD podrían mejorar en términos de eficiencia, el ritmo de innovación de los fabricantes chinos es muy elevado. Lanzan nuevos modelos, actualizan tecnologías y optimizan costes con una velocidad que inquieta a sus competidores occidentales.
En paralelo, BYD está proyectando plantas en territorio europeo con el objetivo de reforzar su presencia industrial y minimizar el impacto de los aranceles impuestos por Bruselas a los coches eléctricos fabricados en China. Esta estrategia busca consolidar su posición a medio y largo plazo en el mercado comunitario.
Más allá de los análisis corporativos, talleres y desguaces europeos llevan unos meses examinando las primeras unidades de BYD que acumulan kilómetros en el continente. Sus observaciones permiten evaluar aspectos como la durabilidad de los componentes eléctricos, el estado de las baterías con el paso del tiempo y posibles puntos débiles en mantenimiento o reparación.
Aun así, los expertos coinciden en que es pronto para extraer conclusiones definitivas sobre el envejecimiento a largo plazo de estos vehículos, ya que su desembarco masivo en Europa es relativamente reciente. Será con los años cuando se pueda comparar con mayor rigor su fiabilidad frente a modelos eléctricos y de combustión de marcas tradicionales.
Por ahora, lo que sí es evidente es que BYD no ha tocado techo. Su combinación de tecnología propia, precios ajustados y ambición global está reconfigurando el tablero del automóvil eléctrico en Europa.
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Para cuando estos coches chinos llegaron a talleres y desguaces, los fabricantes tradicionales ya se habían dado cuenta del potencial al que se enfrentaban

