Europa acaba de cerrar la venta de uno de sus proyectos industriales más emblemáticos. La compañía estadounidense Lyten, especializada en baterías, ha logrado llegar a un acuerdo vinculante para adquirir los activos restantes de Northvolt, la firma sueca que nació para ser el escudo europeo frente al dominio chino en la industria de los paquetes baterías para vehículos eléctricos. La operación evita la desaparición definitiva tras la quiebra de Northvolt, pero coloca a la que fue la gran esperanza comunitaria bajo control estadounidense.
El acuerdo incluye el complejo Northvolt Ett y su expansión en Skellefteå, Northvolt Labs en Västerås y el proyecto Northvolt Drei en Heide (Alemania), además de toda la propiedad intelectual acumulada. En términos prácticos, Lyten absorbe no solo las instalaciones, sino también el talento sueco y alemán que había convertido a la empresa en un potencial referente de la transición energética.
Los activos adquiridos están valorados en torno a 5.000 millones de dólares (unos 4.300 millones de euros) e incluyen 16 GWh de capacidad de producción ya operativa y otros 15 GWh en construcción. El desembarco de Lyten ha sido respaldado por el Gobierno sueco, que buscaba preservar empleos e instalaciones estratégicas en un proceso de quiebra que amenazaba con un cierre total.
El desenlace refleja una paradoja difícil de digerir en Bruselas. La mayor ecoinversión industrial de la historia europea, cifrada en 10.000 millones de euros, ha pasado a manos estadounidenses por apenas 600 millones, el precio pagado en liquidación según la información confirmada por La Voz de Galicia. Es decir, 16 veces menos de lo que costó levantar la gigafábrica sueca que debía erigirse como motor de la soberanía tecnológica del continente.
Northvolt nació con un objetivo claro: reducir la dependencia de los gigantes chinos, especialmente CATL y BYD, en un sector clave para la movilidad eléctrica. Su ascenso se celebró como símbolo de autonomía industrial europea. Ahora, tras la venta, la narrativa cambia. Europa conserva capacidad productiva, pero cede el timón estratégico a Estados Unidos, en un mercado global marcado por la carrera energética y las tensiones geopolíticas.
Desde finales de 2024, Lyten había iniciado una ofensiva para incorporar activos de Northvolt a ambos lados del Atlántico. Primero en California, luego en Polonia, más tarde en la división de sistemas de almacenamiento BESS, y ahora en los centros neurálgicos de Suecia y Alemania. En total, la compañía ha recaudado más de 625 millones de dólares de capital, con aportaciones de gigantes como Stellantis, FedEx y Honeywell. Entre sus inversores figuran también el Fondo Europeo de Inversiones, parte del BEI, y el fondo soberano de Luxemburgo, lo que otorga cierto arraigo europeo a la operación.
“El objetivo es claro: liderar el suministro de baterías limpias y de fabricación local en Norteamérica y Europa”, afirmó Dan Cook, director ejecutivo y cofundador de Lyten, al anunciar la compra. La compañía planea reactivar de inmediato las plantas suecas y polacas, acelerar la construcción en Alemania y atender sectores tan diversos como el automóvil, la defensa o los centros de datos de inteligencia artificial.
Las autoridades suecas han celebrado el acuerdo como una garantía de continuidad industrial. “Es un triunfo para Suecia”, sostuvo la viceprimera ministra Ebba Busch, subrayando que se salvan empleos y se reposiciona al país en la independencia energética. No obstante, el trasfondo plantea interrogantes: ¿puede Europa considerar como victoria la venta de su mayor promesa tecnológica a una empresa extranjera?.
La respuesta divide opiniones. Para algunos, el salvamento evita un colapso que habría supuesto la pérdida total de instalaciones, talento y proyectos. Para otros, es el ejemplo de cómo un proyecto diseñado para blindar la soberanía industrial europea termina subordinado a la estrategia de otro continente.
Northvolt se concibió como la palanca europea para disputar a China el liderazgo en baterías. Tras la quiebra y la venta a Lyten, su historia se convierte en un caso de estudio sobre los retos de la autonomía tecnológica en un mercado globalizado y altamente competitivo.
Europa gana tiempo y conserva fábricas activas, pero pierde control sobre un activo considerado estratégico. En la guerra mundial por la energía del futuro, el caso Northvolt ilustra una lección incómoda: la soberanía industrial no se proclama, se sostiene con capital, innovación y una política industrial a largo plazo.
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Este proyecto europeo de baterías que costó 10.000.000.000 € acabó en quiebra, y EEUU lo habría comprado por 16 veces menos
