
Monza recibe siempre la Fórmula 1 con la misma promesa: velocidad pura, motores a fondo, el Templo de la Velocidad rugiendo sin descanso. En 2026 esa promesa llega con letra pequeña. Y el primero en leerla en voz alta, otra vez, ha sido Max Verstappen.
El neerlandés se sentó este jueves en la sala de prensa del Autodromo Nazionale Monza con la cara de quien ya conoce el guion antes de que empiece la película. Le preguntaron cómo se presenta el fin de semana con las nuevas unidades de potencia en un trazado como este, todo rectas y poca tregua para recargar baterías. Su respuesta fue tan directa como resignada: “bastante doloroso”.
Ineficiente, dijo, energéticamente hablando. Y luego llegó la frase que se va a repetir en cada bar de aficionados este fin de semana: hay que tratar el pedal del acelerador con delicadeza, “como quien lleva las riendas de un caballo al trote”. En Monza. El circuito de las cinco rectas.
Verstappen no se victimiza -lo deja claro-, pero tampoco endulza el diagnóstico. “No quiero ser demasiado negativo con todo esto. Es lo que hay. Lo he aceptado mentalmente”, admitió, ya casi con el tono de quien ha hecho las paces con un mal necesario. Prepararse para un fin de semana “distinto” es, a estas alturas de 2026, la única estrategia posible.
Y aquí es donde el discurso de Verstappen conecta con algo mucho más grande que sus propias sensaciones al volante. El campeón lleva toda la temporada señalando la misma herida: una normativa técnica que reparte castigo a quien más ataca y premia la gestión fría de energía por encima del talento al límite. Lo llamó en su día “anti-racing”. Otros, como Piastri, no se han cortado ni con los adjetivos.
El problema es que Monza es, sobre el papel, el peor escenario posible para disimular esa herida. En circuitos con curvas de por medio -como los dos últimos fines de semana, algo más generosos en tramos donde recuperar carga-, el reglamento de 2026 había conseguido, más o menos, pasar desapercibido.
Aquí no hay ese colchón. Rectas larguísimas, apenas frenadas de verdad entre curva y curva, y una energía que se agota mucho antes de lo que el piloto querría. La consecuencia, la misma que ya se vivió hace ya más de un mes en Spa y que se ha vivido en varios circuitos durante el año: el temido yo-yo racing, coches que se adelantan y son adelantados sin que medie apenas mérito deportivo, solo el algoritmo de turno decidiendo quién llega con batería y quién no. Superclipping por todas partes, ritmos que se disparan y se apagan en la misma vuelta.
Preguntado directamente por si el nuevo paquete de cambios de la FIA para favorecer los adelantamientos servirá de algo, Verstappen fue de nuevo poco optimista sin cerrar la puerta del todo: “Mejor no significa arreglado. Está lejos de estar arreglado”. Reconoce el esfuerzo de FIA y F1 por corregir el rumbo, pero no espera “que cambie mucho”. Eso sí, deja una rendija abierta a la sorpresa: “Espero, claro, llevarme una sorpresa positiva. Pero ya veremos”.
Sobre el papel del motor Red Bull Ford -señalado por muchos como uno de los más sólidos de la parrilla- tampoco quiso venderse humo. “Hoy en día es 50-50 entre motor y batería, y en los trazados ineficientes no hemos sido especialmente buenos con la energía. No espero milagros aquí”. Reconoce además que los rivales están trayendo actualizaciones mientras Red Bull ya partía por detrás: “No espero que eso cambie ahora”. El objetivo del fin de semana, admite, es otro: seguir aprendiendo del coche de cara a 2027.
Monza, la catedral de la velocidad, se prepara así para convertirse este domingo en el mejor -o peor- laboratorio de todo lo que Verstappen lleva meses avisando.
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